Confidencia

Siempre a estas horas de la noche
se despide de mí con un beso.
Mas hoy, contrariado por su trato protector,
me he mostrado indiferente a sus afectos.
Es sólo un detalle más
de los muchos que suma
ya una larga convivencia.
No tiene mayor importancia.
Aunque creo que estoy en mi derecho,
no podría perdonarme a mí mismo
el que se la llevara la muerte
esta misma noche. La muerte,
esa hermana siempre traicionera.

Deberes y renuncias





Soy yo el que se equivoca. No hay obligación moral alguna hacia aquellos que aún no hemos conocido hasta el afecto. Las faltas que pueda cometer con ellos son totalmente inocuas. Pues sólo en el amor o en la inocencia puede darse el daño imperdonable.



Yo sé que eres lluvia. Y también árbol, y brisa inconsciente del pasado. Pero yo soy sólo ese pensamiento que, para poder comprenderte, esquivo sospechosamente mientras hablo.



La vanidad va estrechamente ligada a lo perecedero. Quien se cree demasiado hermoso, le oculta deliberadamente a su conciencia esa otra negación de la belleza, que es la muerte paulatina por indiferencia.


Hay quien se siente especialmente atractivo cuando sufre. ¿No será otra forma de afirmar que la realidad pertenece a los que así la enfrentan directamente?


Gobierna tu corazón. Ama sólo cuando tu pulso se rebele.


Si el silencio cobra un significado extrañamente hermoso, te estarás acercando a lo que buscas. Así pues, no digas nada. Sólo escucha o escribe.












La risa equivocada

Ríe con las finas lluvias de noviembre,
a la sombra de un árbol milenario;
búrlate del sol y del interminable tráfico,
o del cristal, tan frágil, que has quebrado;
muéstrate bajo el cielo no previsto del otoño,
entre esas nimias visiones repletas de hojarasca.

Como el tonto de aire trágico,
que hoy frecuenta la noche a la intemperie,
así, ríete de todo. Y ríete muy alto,
como el genio que recuerda
que la vida es un festejo inexplicable.

De la muerte y de los ángeles,
de los dioses y de los héroes…
Haz que una carcajada portentosa
se libere poco a poco de tu cuerpo:
llora de verdad o de alegría,
ríe hasta notar que algo en este mundo
acaso se merece que compartas
el profundo respeto
del dolor más contagioso.

La edad del alma

Hoy tengo la edad silenciosa de todos los objetos.

Será porque me niego desde ahora
a tener un alma apenas perdurable,
será que no quiero renacer de nuevo
al tiempo de la angustia y el reloj incendiado.

Pues ya mi cuerpo es la osadía y es el hambre.

Y he escuchado entre gentes improbables
la palabra irreductible del filósofo.
Mas no creo que haya esencia verdadera,
ni trasmundo de caminos melancólicos
más allá de las horas más oscuras de la tarde.

Hoy tengo la edad que ostentan los espejos,
la experiencia del libro en los estantes…
Hoy mis manos son la piedra insensible
que de niño lancé hacia las sombras del mundo.

Y mis ojos, mis dedos, todas mis extremidades,
mi espalda, los pulmones, la lujuria o la sangre,
son también parte de un silencio furioso
que hoy escribo con letra casi inerte.
Y también hoy sin asombrarme.

Página para un lector futuro




Insufla, lector, si por azar me crees digno, tu suave aliento a este leve resto de mi rabia, inútil hoy para su primer propósito de sangre. Revive, si en tu pensamiento padeces estas mismas ansias por creer, a un cadáver de sueños intranquilos, que tan bien conserva el silencio del sencillo anaquel en que reposa. No, la palabra no nos da más tiempo que el sabido. De mí sólo quedan algunas páginas de retórica grosera, grisácea monotonía de una jungla que confundes entre los pasillos subterráneos de la noche. Pues la ciudad es, querido amigo, la verdadera señora del olvido…

Así, piénsala tuya, gobiérnala con el sumo desconcierto de sus ecos más oscuros. Sabes bien por qué sueños te conoce, por qué en tu corazón viven sus transeúntes invisibles. La ciudad es el mundo que te acoge tras su ritmo de mentiras y blancas alucinaciones. Gobiérnala con la mirada que conduces aún más lejos. La ciudad, esa dudosa encrucijada de esperanzas nimias, es el escenario que tanto necesita la literatura.

Pues un libro ya leído es siempre otro peldaño hacia la civilización. Y la última palabra de esta incierta arquitectura de espejismos, también se perderá bajo las sombras de una autodestrucción más que consentida.

Para ti, lector a quien ya nada debo, este ingrato juego de imposibles…





Puertas

Abrirlas todas. Cerrarlas
sólo cuando toda realidad entre
repleta de remotos estigmas.
Que no las abra el viento.
Que tu voz sea ese ariete
sutilmente dedicado a no rendirse.

Puertas. Puertas del azar en vela.
Abiertas todas con el juego de la mente.
Cerradas con el ímpetu secreto
del que anuncia otro futuro
más cercano que la propia muerte.

Llama... Y entra, y dime,
si albergas otro entendimiento,
por qué hay tantísimas presencias
en un lugar ya casi vacío.

Retrato de M.


De hace algún tiempo... No es muy fiel a la realidad, pero como me ha emocionado encontrarlo entre mis papeles, aquí se los dejo. Ya me dirán.

El gato

Sabe más cualquier gato sagrado
sobre la naturaleza secreta de la noche,
que cualquier poeta insomne
acosado por ese triste miedo,
irracional y fantástico,
que a cada rato siente por la muerte…

Él es el hermoso funambulista nocturno,
el gran equilibrista que a solas merodea
ante el insólito vacío de la razón.
Quizás le reconozcas porque duerme
esperando la hora en que perderse
más allá del oscuro desconcierto de la urbe.

Si pasara ante ti, soñador noctámbulo,
un felino más hermoso que la vida,
no lo llames, ni sorprenderlo intentes
con el gesto cariñoso y dócil de una madre.

Pues el gato te conoce, e incluso te adivina
desde el día aciago en que eres hombre.

¿Y en verdad crees que no sabe
de qué modo pretendes engañarlo
para que tu casa inmensa
sea el hogar favorito de sus noches?

... literatura, amor, locura, muerte

Hasta donde alcanzan mis rudimentarios conocimientos de psicología, la psicosis, enfermedad que suele embelesar al soñador empedernido, suele tener un punto de partida más que definido. El enfermo, en cualquier caso, termina siempre por vislumbrar un instante que a mí sólo se me ocurre definir como de “realidad absoluta”. Un instante que desmiente todo cuanto haya aprendido a lo largo de su vida, para dotarlo de unos principios de actuación totalmente nuevos y, por qué no, cambiantes al punto de favorecer en todo momento la plena libertad del que parece sufrir una herida profundísima en su amor propio.

De todo esto, me interesa especialmente la convicción definitiva del que padece este desequilibrio. Pocas cosas en esta vida tienen un poder tal sobre nosotros, que al final podamos deducir que después de tal o cual suceso somos ya otra persona, alguien a quien las circunstancias han convertido de por vida en un extraño para sí mismo.

A mí, personalmente, sólo se me ocurren dos hechos en la existencia de cualquiera que no sufra de psicosis, que tengan tanto poder sobre su psique. Uno es el amor. El otro, como ya se habrán imaginado, es la cercanía definitiva de la muerte.

Ambos espectros son invocados una y otra vez por la literatura, creo yo que con la intención de hacer reparar al lector sobre la verdadera dimensión de lo irremediable, cualidad del ser que, por citar un ejemplo, lo es todo un día, y al día siguiente, o bien ya es nada, o acaso ya haya dejado de habitar el plano tangible de la realidad corriente.

Bueno, dicho esto, acaso debería concluir aquí mi reflexión, ¿no? Pero como dos amigos muy amables han venido a socorrerme después del giro tremendista de mi última entrada, me veo en la obligación de decir que ni un nuevo amor ni la indeseable cercanía de la muerte han pasado por mi vida en estos días. Con lo que la decisión de dejar de escribir es, como casi todo lo accesorio que pasa por la mente de uno, igual de voluble que la de volver a hacerlo.

Es terrible, pero me he dado cuenta de que, si escribir me conduce a la infelicidad, no escribir me llevaría a un infierno todavía peor: el de una desdicha infinitamente tediosa dada la inactividad que acarrea esta contemplación sin límites.

Así pues, continuemos donde lo habíamos dejado…

Y perdonen por el susto.



Buena suerte a todos...

Hoy, ante la sola perspectiva de abandonar definitivamente la escritura, he recuperado el ímpetu de mis mejores días… Para quien crea que otra vez estoy diciendo sandeces, me veo en la obligación de explicarle las razones que posiblemente me lleven a dejar este oficio definitivamente.

Es fácil. Llevo ya algunos años intentando ganarme la vida como escritor, pues mi sueño bien podría ser ese. Ni renovar los cimientos de nuestro ilustre castellano, ni salvar el mundo de la miseria moral en la que vive, no. Mi ilusión era ganarme la vida haciendo algo que me gusta y que, creo, se me da medianamente bien. ¿Qué cual es entonces el problema? El problema es que por intentar cumplir mi sueño soy sólo otro infeliz que no tiene donde caerse muerto. No sé si me explico…

El ser escritor no depende tanto del tiempo o del talento que uno tenga, como del hecho de contar o no con el apoyo del un amplio público, de las editoriales o de los medios de comunicación. Repito: no soy de los que escribe sólo por el puro placer de hacerlo, mi interés en esta historia es otro. Pues bien, he aquí que al plantearme, después de perder o de no ganar el que debe ser el decimocuarto concurso al que me presento, he aquí, decía, que al plantearme seriamente el dejarlo, no se oscurece un ápice ni el rincón más sensible de mi alma. Al contrario. Vuelvo a sentir que mi vida no depende del beneplácito de ningún imbécil al que en verdad no le debo nada.

Ya se va viendo más claro, ¿no? No sé si tengo talento o no, no sé si merezco más que aquel o que aquel otro ganar tal o cual concurso. La única conclusión fehaciente a la que he llegado es pensar que mientras mi proyecto vital dependa de una serie de personas a las que les soy totalmente indiferente, no seré feliz. Y punto.


Espero que en verdad alguien haya llegado a disfrutar con este blog, pues tratar de mantener el hábito de todo esto es más complicado de lo que parece.

Finalmente, me despido de todos ustedes. No olviden ser felices….

D.

Flores

Salíamos a buscar las flores
más hermosas
que ocultan los vertederos,
o el lirismo de los ángeles
que aún entienden el dolor
de pequeños animales huérfanos.

Todos nos decían
que la belleza es el consuelo
que algunos encuentran dentro,
al creerse aún inútiles y audaces.

Lugar en la noche

Si ante la madrugada te sabes vulnerable,
espera solo que ciertos pájaros insomnes
no despierten su canto primitivo
hasta delatar la fragilidad oscura de tu mente.

Si ante la más dudosa madrugada,
igual que ante un corazón silencioso,
también tú te sabes vulnerable,
nada digas, no recurras a nadie
que acaso duerma mientras tú escuchas
terriblemente fascinado
los extraños sortilegios de la noche.

Pues el canto de los pájaros o la discusión
ebria del mendigo con su alma
—los hechos, en definitiva, que no entiendes—,
son ya parte de la asfixiante pesadilla
que aún has de soñar despierto,
mientras lo que buscas tan atentamente
es tu propio sitio ante las últimas sombras.

Días de luz

Estos días nos devuelven la mirada, amor.
Y hoy somos un tiempo mil veces huido
hasta los tristes vertederos de la razón.
¿Mas con qué llenar tanta distancia?
¿Cuál será el final de todo invierno?

Piensa en un juego que revele lo que somos,
en un cuerpo que quizás lo fuera todo.
Sombras que huyendo de la luz adviertan
que estos días son apenas
la mirada incierta que sueña su horizonte.

Ya no hay voz de la razón, amor…

Pues hoy soñamos la evidente cifra del dolor
que ya nunca sentiremos por querernos tanto.

Sacrificio

Abismarme en tu forma de esperar,
sentirte en mí hasta que me sientas.
Llenar de blanca sal, de clara nieve
los mismos mares que hoy rompían
en la playa más lejana de tu mente.

Que yo también comprenda,
mientras bailas tú con tu silencio,
en qué tranquilo hogar, cuartel de invierno,
se consuma lentamente el sacrificio.

Tantas palabras cotidianas nos superan…
son pequeños mundos, amor,
los que trato cada día de encontrar
implicándome desde un simple teléfono,
objeto imprescindible en toda esta quimera.

¿Y acaso querrás que conversemos siempre?
Yo a veces quiero suponer
que toda esta cruel distancia
ocurre sólo por creer de más en nuestros cuerpos.

Pues ya sabrás que a ratos adivino,
en la vital escena de tu soledad última,
esos tristes festejos que la carne adolece.

Primeros consejos




Hoy no he podido evitar recordar cierta conversación ajena que acabé escuchando hace ya tiempo en la cafetería de alguna plaza de Santa Cruz. Un padre le explicaba a su hijo que en realidad nadie debería ser juzgado por su forma de ser, ya que, decía, nuestra conducta —siempre hay grados, claro está— es algo tan subjetivo, que no merece la pena entrar en ese tipo de berenjenales a la hora de relacionarse con quien sea. Ese comentario no se me ha olvidado todavía, acaso porque las palabras del padre me parecieron de una sabiduría casi terapéutica.

Si alguien de mi familia me hubiera hecho comprender ese tipo de conceptos durante mi infancia, creo que a día de hoy no me preocuparía ni lo más mínimo el tener tal o cual grado de afinidad con la gente que conozco. Ni tampoco desconfiaría, yo me acuso, de un gesto determinado o de una forma más o menos errática de mirar a los ojos. Lo más probable es que un comentario así a tiempo, desmonte cualquier temprana tendencia a la suspicacia emocional o, por qué no decirlo una vez en confianza, a la cotidiana psicosis que nos remite, una y otra vez, a montar esa película mental que somos los primeros en sobrevalorar.

Asumámoslo: si hay algo que tiene un peso excesivo en este entramado de admiraciones y desprecios que es la sociedad, es la forma de ser. Eso que todos llamamos personalidad, no es más que una suma de cualidades que no siempre están ahí porque nos guste ser de un modo que a la mayoría de nuestros congéneres pueda causarle cierto rechazo en un grado admisible (las más de las veces, claro está). Rechazo que, al fin y al cabo, puede agudizarse cuanto más extraña o atípica se vuelva nuestra conducta.

Sí… Tenía razón aquel bondadoso maestro de andar por casa, cuando decía que todo juicio sobre lo que aparentamos siempre será demasiado subjetivo. Tan lúcido me pareció su comentario, que ahora entiendo por qué sólo puedo recordar la frase en sí. Posiblemente, si nada en aquel hombre era llamativo o memorable, era porque no se creía quién para entrar a formar parte de tan espléndido circo de vanidades. Un sencillo padre de familia, sólo eso. Sólo alguien obstinado en preparar a su hijo para la que se avecina.

¿Será eso lo que llaman humildad?







Entre los años

Quitar del sexo la mentira,
abstraer de la carne la dudosa posesión;
que sólo queden nuestros cuerpos
flotando todavía en el abismo más alto:
el de la plena libertad de amarnos...


(Pues sólo el llanto debe delatar
la insólita locura de querernos.)

Dejémonos llevar por la inocencia
que a veces guía ciegamente al extraviado.
Pues todos los juegos son a vida o muerte,
menos aquel que sabemos ya perdido
si la única victoria es del azar.

Dejémonos llevar por lo sentido,
hasta alzar el hogar último
que todo anhelo forma entre los años.

Que aún debemos comprender de nuevo
esa verdad que sólo será nuestra
de reunir los ambiguos restos del pasado.

El río inexorable

I

Voy de la soledad a la muerte, de la muerte a tus brazos… Y de tus brazos regreso siempre a la soledad. Mas no me es posible comprender nada que no sea más que evidente. Nada sé, salvo aquello que un observador extraño también podría deducir mañana de la expresión de tus ojos.

II

Me pregunto de cualquiera si habrá perdido la capacidad del llanto. Supongo que lo más lógico es pensar que sí, pues rara vez se ve a alguien desahogándose de ese modo por las calles.

III

Ya sé que mi tiempo aquí es limitado. Acaso por eso el desperdiciarlo me parezca un acto tan heroico como el de malgastar la paciencia en una infinita empresa imposible de llevar a cabo.

IV

Para suicidarse hace falta un valiente que le tema demasiado a la vida y un cobarde capaz de enfrentarse un día en soledad a la propia muerte.

Derrota del soñador

Has negado, con infinita paciencia,
los signos indelebles que vienen de la noche.
Estar en ti es ya bastante. Pesa tu vergüenza.

Has negado, sin saber siquiera tu destino,
los altos signos que tentaban tu futuro.

Conténtate, si así lo quieres,
sabiendo que a ratos sufriste en tu silencio.
Celebra el tibio advenimiento de la noche
creyendo que sólo tú leíste el libro
que no podía sino hablar sobre ti mismo.

Mira: esta ciudad que has comprendido,
es la indolente testigo que ignora tu derrota.
Han caído ya tus ángeles.

Y acaso no existieron nunca
aquellos locos soñadores
que un día despertaron a la sombra
de su propio imposible.

Ya sólo puedo aconsejarte,
si es que algo esperas,
seguir empecinado en tu caída
y soñar como león lo merecido.

Pues el fracaso es ahora la mentira misma
que te salva, no lo niegues,
de jugar en vano al vano juego de la vida.

Fulgor

Tu reino es hoy este fulgor de cada verbo.
Sabes que no hay plenitud en la rosa,
ni abismo más allá del casual nombre
que le diera sentido a su ancestral silencio.
Pues, que la rosa no se mezcle con el fuego,
ni el fuego con la voz de la memoria,
es la única misión que la palabra
encuentra por sí misma en cada término.

Mas, por hablarte, sé que hay fuerzas
que se tocan al cifrar un sentimiento.
Que al nombrar la rosa, es cierto,
hablamos de esa flor que nos recuerda
la muerte que reclama perfecciones
cuando pasa por el mundo de las formas.

Y acaso por hablarte
también hay sombras en camino.
Palabras que sólo esconden en su ruido
la herida que no termina nunca de contarse.

Así, si acaso olvidas tu origen o destino,
nada temas: el verbo es la memoria contenida
por voces infinitas que se crean en el hombre.

Que, porque sabes que la rosa ya está escrita,
tu reino es hoy el mágico fulgor de cada verbo.

Nuestro silencio

Casi insoportable permanece
el silencio impuesto a tanta soledad.
Llénalo, vacío estéril,
de simples ruidos y memorias,
préstate a esparcirlo entre las sombras,
que su triste armonía
no te quite la esperanza
necesaria para hablar contigo mismo.

Casi insoportable o inaudible,
un silencio impuesto es otra forma
de esperar a que la nada se disuelva
en el ácido sonido de tus quejas.

Recuerda que este permanece
siempre en los rincones más tranquilos.
Pues allí donde cualquier hogar
es incierta música de niebla,
el silencio es también esa nostalgia
que entre los años deja
sus perfectas respuestas sin sentido.

Mas este silencio no es tan sólo mío:
es también tuyo, de las calles nocturnas,
de los días en que nadie nos sorprende.

Porque el íntimo silencio
en que por temor se pierden
nuestras verdades más íntimas,
es también un ruido sutil
que creemos evidente
al sentir la misma soledad
que nadie más advierte.

Pienso, luego escribo...

Entra y di lo que te apetezca.

Mas recuerda tan sólo que la palabra puede ser también la navaja que corte delicadamente el silencio necesario para escuchar lo que tengamos que decirnos...

Ya sé, ya sé que esta misma observacion podrías hacérmela tú a mí. Y acaso por algo así la litertura acabe siendo siempre tierra de nadie.